
En Australia, a principios de los ochenta, se consideró subsidiario de incapacidad un cuadro relacionado con la repetición continua de una actividad en el medio laboral. Se manifestaba por dolores osteomusculares, contracturas musculares y síntomas en otros órganos, muy parecidos a los que se observan en la FM. Esto produjo un aumento de las demandas por incapacidad, que alcanzaron cifras alarmantes en poco tiempo, y la única manera que tuvieron las autoridades sanitarias de frenar esta epidemia fue eliminando el diagnóstico que la había producido.
En Estados Unidos, Canadá y algunos países nórdicos, la tasa de incapacidad laboral en los pacientes con FM alcanza el 25%, mientras que sólo llega al 3% en la población general. El dato más preocupante para las autoridades americanas es que las tasas de incapacidad subieron desde el 6%, en 1988, hasta el 26%, en 1997. Este fuerte incremento en tan poco tiempo les sugiere lo mismo que ocurrió en Australia y ha conducido a que en algunos estados americanos el diagnóstico de FM esté proscrito cuando se hace una demanda por incapacidad laboral.
En España tenemos algunos datos sobre la incapacidad laboral en estos pacientes. En un estudio realizado en la Comunidad de Madrid acerca de bajas laborales de origen osteomuscular, se comprobó que de 16.279 casos de incapacidad laboral transitoria sólo 57 (0,35%) se debían a FM y no hubo ningún caso de incapacidad permanente. En el estudio de la epidemiología de las enfermedades reumáticas en España, la tasa de incapacidad laboral en los pacientes con FM fue superior que en el resto de la comunidad (11,5 frente a 3,2%).
Llama la atención la baja tasa de incapacidad laboral en nuestros pacientes con FM en comparación con la de los países antes mencionados, a pesar de que la prevalencia de la FM es la misma. La única explicación posible es que los equipos de valoración de incapacidades no consideran el diagnóstico de FM ante una incapacidad laboral.
Si el objetivo del paciente con FM fuera obtener una incapacidad laboral, parecería lógico pensar que una vez conseguida ésta su cuadro clínico mejoraría, como opina algún autor. En contra de esta opinión, algunos estudios realizados han podido comprobar que el hecho de conseguir la incapacidad no mejora el cuadro clínico en estos pacientes.
En algunos trabajos, en los que se analizan los costes directos e indirectos ocasionados por los pacientes con FM, se comprobó que los costes directos son aproximadamente el doble que en otros pacientes, aunque los autores no compararon el consumo de recursos antes y después de realizar el diagnóstico. En este sentido, se ha demostrado que hacer el diagnóstico de FM mejora la relación coste-efectividad en algunos procesos, como la enfermedad de Lyme, y permite reducir el consumo de recursos en otras situaciones.
En resumen, con el diagnóstico de cualquier proceso no sólo ponemos una etiqueta a un paciente sino que además añadimos información acerca de los posibles tratamientos y la evolución del cuadro. Con la FM, el diagnóstico significa además: evitar pruebas diagnósticas, iatrogenia, problemas psiquiátricos o conflictos laborales, además de tener en cuenta la posibilidad de que la FM pueda enmascarar la expresión de otras enfermedades concomitantes graves.
En mi opinión, toda esta información es demasiado valiosa como para no hacer el diagnóstico de FM. Si consideramos que la FM no merece una denominación específica, ya que es sólo una cuestión de grado dentro del dolor de aparato locomotor, estamos desaprovechando toda esa información añadida. Si por el contrario, consideramos que realmente existen estos pacientes, entonces, ¿por qué no vamos a diagnosticarlos de FM?
La palabra fibromialgia no es quizá un término excesivamente claro, pero tampoco sabemos cuál es la etiología ni los mecanismos patogénicos involucrados como para adoptar un término más adecuado. Lo que sí está claro es que es el término más extendido en la actualidad y que se aplica a un tipo de paciente con unas manifestaciones clínicas bien definidas, por lo que no parece que haga falta utilizar otro nombre. Reducir la problemática del diagnóstico de FM a un conflicto semántico es una banalidad.
Otro problema distinto es en qué casos hay que hacer el diagnóstico de FM. Como ocurre con la mayoría de los problemas, hay que aplicar el sentido común y hacer el diagnóstico de FM en aquellos casos que, cumpliendo o no con los criterios actuales, se puedan beneficiar de la información que lleva asociada este diagnóstico.
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